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lunes, 27 de octubre de 2014

De viaje: comiendo en Dublín

Es verdad, Dublín no se caracteriza por la mejor gastronomía de Europa. Entre el clima, los distintos problemas económicos que tuvieron que pasar en su historia, y la invasión de cadenas varias, poco se destaca de la gastronomía de la capital Irlandesa. Todo depende de qué busquemos y dónde. Para mi, Dublín fue una de las mejores experiencias gastronómicas de mi vida (pero eso, vendrá en otro post). Mientras tanto, yo no la pasé nada mal...

Una de las sorpresas de Dublín fue encontrarme, una tarde, un mercado de productos gourmet y muy buena comida en pleno centro de la ciudad (algo así como la versión irlandesa del Dean & Delucca): Fallon & Byrne (11-17 Exchequer St). El lugar es un edificio antiguo, convertido en mercado en la planta baja, restaurante en el subsuelo y salón de fiestas en el primer piso). 
Sin wifi y parte del movimiento slow food, el lugar amerita un paseo por las góndolas y probar algo del café o del deli. Es una linda joyita perdidad en una ciudad sin muchas buenas opciones a simple vista. 

Si después de recorrer todos los bares de Dublín, te quedaron ganas de comer algo, evita la zona del temple bar!! (es como comer asado en Recoleta, me entienden, no?) Una zona de mala muerte, muy buena para tomar cerveza hasta morir, pero no para comer. La oferta de "comida típica irlandesa" te inunda y es imposible no darse cuenta que uno está pagando una locura por algo que, seguramente, deja mucho que desear (como el asado de Recoleta). 
En Dublín, EL lugar para comer (almuerzo o cena), bueno (muy), rico (riquísimo), y barato es The Woollen Mills (42 Ormond Quay Lower). Un lugar que encontré de casualidad, cruzando el canal frente al Temple Bar, en búsqueda de algo típico donde no tuviera que dejar gran cantidad de mis (devaluados) pesos. 
A simple vista, parece un lugar muy lindo, que te van a arrancar un ojo, pero, tenía tantas ganas de comer algo calentito, así que me acerqué a mirar el menú y entré sin pensar. El lugar es algo modernoso, como muchos de los lugares de moda en Palermo, con una decoración algo minimalista pero cálida a la vez, y (algo que me encanta) la cocina a la vista. Luces ténues, mozos copados, y muy buen clima. Más allá del lugar (que lo cuento porque me pareció demasiado lindo para sus precios), la comida es increible. Y si me hubiera quedado más días en Dublín hubiera vuelto todos los días a comer ahí, porque todos los platos que vi pasar me dejaron con ganas de problarlos. 
Como yo estaba congelada después de caminar todo el día bajo la humedad y la lluvia, la lluvia y la humedad, quería comer algo típico, bien caliente, en lo posible un guiso (eso me ofrecían en todos los lugares turísticos). Así que pedí el plato típico: el coddle (y cuando vi la hamburguesa, que medía fácil unos 15 cm, casi me mato, pero valió la pena el sacrificio)
En la versión de este lugar "Ha'penny Bridge Coddle". Se trata de un guiso típico de Dublín, hecho con chorizo, panceta y papa cocidos en olla a presión y condimentados con perejil. Todo el sabor del chorizo y la carne concentrados en ese plato, bien caliente, lleno de calorías. Ideal para el frío de invierno (y los tiempos de crisis). No es un plato light, esta claro, pero no me pareció tan pesado como aparenta. Los chorizos cocidos en ese caldo se deshacian al morderlos, y la papa, impregnada de todos esos sabores, era una exquisitez. Como todo en Irlanda, acompañado de una cerveza!
Es una comida barata y fácil de preparar. Seguramente no es lo que más atrae a la mayoría de la gente, pero para comer algo típico, bien hecho y sin ser caro (unos 12 euros), realmente vale la pena probarlo. Después de eso, rápido a la cama, porque no hay manera de seguir caminando despues de comer todos esos embutidos en su caldo. 
El coddle estaba buenísimo, y, si volviera, no dejaría pasar la hamburguesa. Pocas veces vi una cosa tan perfecta sobre un mostrador. 

lunes, 20 de octubre de 2014

La reina, la campiña y el "flat white"

Aparentemente, el imperio británico no murió y está en clara expansión con la llegada del "flat white" a las cafeterías de Estados Unidos. Después de haber vivido y viajado por territorio yankie (perdón por este adjetivo que nos ganaría el odio de -literalmente- medio país), nunca había escuchado de él.  Hace quince días que me paro frente a las carteleras de las cafeterías inglesas y me pregunto, qué será eso? Una lágrima? Un café con leche? Así que tuve que probar y aprender...

Desde la llegada del "flat white" al territorio americano, parece que todo se debate en la pelea flat white vs latte. Están aquellos fundamentalistas del primero, que intentan (muchas veces con poco éxito) lograr que les sirvan un verdadero flat white y no un "latte pequeño". Disyuntivas fundamentales en esta vida. 
Este café pequeño, es servido tradicionalmente en vasos que son casi la mitad de tamaño que los super cafés que nos ofrecen en las cadenas (8 oz frente a 12 o 16 oz) y con una técnica de manejo de la espuma de la leche y del café que muy pocos parecen poder lograr. 
El flat white es originario de Wellington, Nueva Zelanda, y se hizo conocido en la década del 80 en oposición al "café negro corto" y al "largo". La gran oleada de inmigrantes provenientes de Nueva Zelanda y Australia del año 2005, trajo con ella este nuevo estilo de café a las cafeterias británicas, y, en el año 2010, Starbucks comenzó a venderlo en sus franquicias en todo el Reino Unido. 

Con el flujo migratorio de Italianos a Australia posterior a la Segunda Guerra Mundial, y la introducción de la máquina de café expresso en los años 50, el flat white empezó a ser solicitado en los cafés italianos donde generalmente servían capuccinos. La leche agregada era la misma para el té que para el café. Hacia finales de los 80, todos sabían de qué se trataba. Fuera de Australia y Nueva Zelanda, se consideraba que aquellos cafés que ofrecían un flat white pertenecían al movimiento conocido como la Tercera ola del café, centrada en la preparación artesanal de café por parte de cafeterías independientes. Sin embargo, con la expansión del flat white a cada vez más rincones del Reino Unido, muchas cadenas de cafeterías (como Starbucks, Costa, Café Nero, etc.) que no pertenecen al movimiento de cafés especiales, también ofrecen este tipo de café. 
Pero, qué lo hace tan especial, digno de enfrentamientos voraces entre fanáticos y malos baristas que no saben como preprarlo (ofreciendo un "latte pequeño")?
Según el blog del "Coffee Hunter" Peter Thomson, para un purista, el flat white debe tener:
1- Una micro-espuma aterciopelada, en lugar de una espuma dura y sostenida
2- Tamaño mediano, más grande que un cortado pero más chico que un latte
3- Doble medida (shot) de café, para que se note más su presencia que la de la leche. 
4- Leche servida directamente, de manera que la espuma se disperse por toda la bebida y no haya capas separadas entre el café líquido y la espuma. 
La idea es que tenga el mayor sabor posible en un menor tamaño. 
Y cómo se prepara? El mismo especialista (y fundamentalista de este café), cuenta que lo más importante de este café es la leche. Al calentarla con el vapor de una máquina expreso, la leche forma tres capas o "texturas": la leche líquida y más caliente al fondo de la jarra; una espuma intermedia, aterciopelada, con pequeñas burbujas, en el medio; y la espuma rígida en la parte de arriba (que son las burbujas más grandes). El primer secreto está en mantener la perilla del vapor por la superficie de a leche, creando una espuma delicada. El segundo, en el momento de volcar la leche sobre el café: se debe revolver muy suave la leche, de manera que la espuma más dura que se encuentra en la superficie se vaya mezclando con las otras capas de leche, creando una textura "aterciopelada" y de burbujas muy finas en toda la bebida. 
Fanáticos o no, seguro que cuando se ponga de moda, todos vamos a salir con uno de estos en la mano. 

martes, 14 de octubre de 2014

Broadway Market - Londres

Llegué a Londres sin pensar mucho qué iba a hacer. Ya me habían pasado todas las recomendaciones de lugares turísticos y menos turísticos, tenía mi mapa, las marqué como una buena alumna que soy y salí. Como en todo lo que hago, no paré un segundo, para poder llegar a conocer todo lo que tenía marcado en mi mapa, esas cosas que NO me podía perder (?).
Sin embargo, tuve la suerte (MUCHA!) de alojarme en la casa de dos genios (Mara y David, gracias totales!) en uno de los barrios más alucinantes de la ciudad... Ese a donde los turistas en el frenesi alocado de conocer 78 ciudades europeas en una semana, rara vez llegan. 
Hackney está ubicado al oeste de la ciudad, relativamente (porque en bus son unos 35 minutos y caminando bastante más) cerca de la zona de la Biblioteca de Londres. En me primer visita a Londres todo me pareció raro al principio. Gran amante de Nueva York como soy, todos me dijeron que me iba a gustar mucho, que se parecían; otros que nada que ver, que Londres no era tan lindo... No tenía una idea clara de qué me iba a encontrar, sólo vine. Llegar directo a Hackney me ayudó a entender mucho. Ahí, mi primera impresión fue la de una ciudad sucia (sólo en aspecto, porque no lo es), descuidada, abandonada, rara. A medida que fui descubriendo la ciudad fui entendiendo mejor. Esas zonas que a primera vista del argento-visitante turistico parecen sucias y abandonadas, son las mejores de la ciudad. Nada de Nottin hill (un embole demasiado perfecto para mi gusto), ni los lujos y palacios de lo que alguna vez fue un imperio, ni la modernidad a flor de piel en la arquitectura del centro financiero, lo MEJOR  de Londres está en barrios como Hackney. Barrios que después de la revolución industrial (auge y caida del imperio) fueron ocupados por la clase trabajadora (o sin trabajo) e inmigrantes asiáticos. Series de monoblocks enormes que alguna vez fueron talleres y fabricas transformados en departamentos de hipsters y hippies (a la europea), bares escondidos, cafés y bakeries especializados, restaurantes, y mercados. Zona de gente en bicicleta, hábitos saludables (es el barrio de Londres con más parques, uno de los más "verdes" y en todo momento hay gente corriendo por ahí), y, por supuesto, de comidas saludables, orgánicas, homemade, y gourmet. 
Todos los "almacenes" off licence ofrecen su sector organico con una gran variedad de cereales, pseudocereales (quinoa, etc) y leches vegetales entre otras tantas cosas. 
En medio de este clima, el hippismo londinense se mezcla en mercados donde los puestos son containers, ofreciendo un fin de semana de comidas y buena música, y se puede desde desayunar hasta comprar souvenirs y cosas de diseño por un (no tan para los argentinos) módico precio.
Habiendo planeado mi día de recorrida por los puntos típicos de la ciudad (big ben, london eye, etc etc), salí temprano el sábado a buscar una bicicleta y en el camino me crucé con lo que más disfruté de todo Londres: sus mercados. 
El mercado de Broadway St ofrece TODO. Lo caminé de punta a punta unas 10 veces: variedades de quesos, aceites de oliva, aceitunas, panes, muffins, facturas, bombones, comidas típicas, no tan típicas, y más panes, y más quesos, y más comidas. El paraiso del foodie (y mucho más del foodie devenido en militante de la comida no-industrializada-hecha en casa-pero rica). 
Algo de lo que encontré en el mercado viene más abajo, sino pueden ver el álbum completo por acá: 





  

martes, 6 de agosto de 2013

Mendoza de fiesta (Parte I)

Viajamos a Mendoza a un casamiento, y aprovechamos, no sólo para tomar vino sino también para probar muchos de los platos típicos. Una visita fugaz que nos dejó más que satisfechos.

Esta claro que Mendoza ES vino. Pero además de bodegas y viñedos, la cocina mendocina cada vez sorprende más. Nuestra visita duró sólo tres días, de los cuáles uno estuvo enteramente ocupado por una fiesta, que, lejos de lo que estamos acostumbrados, me sorprendió por la originalidad y calidad del servicio. En nuestra primera noche preguntamos el recomendado para ir a comer comida típica y, sin dudarlo, nos mandaron a "La Florencia". Bodegón/pseudo-parrilla, con platos hiper abundantes al mejor estilo restaurante criollo. Es lo que buscábamos. Lamentablemente no nos dio el tiempo para ir a los grandes conocidos de la zona (que quedaron como pendientes indiscutidos) como Nadia OF o Siete cocinas, pero es una buena excusa para volver pronto.
El lugar ocupa una esquina enorme del centro de la ciudad de Mendoza, con mesas en la vereda y un salón de dos pisos que recuerda a esos bodegones de la costa, con aires españoles, manteles amarillos, escalera de madera y arañas rústicas. Parte de la cocina y la parrilla (gigante) dan a una vidriera a la calle. No busquen sofisticación, piensen en comer mucho y rico. Eso sí, la espera es inevitable. Los fines de semana se llena (a pesar de lo grande que es) y siempre hay que esperar un poco antes de sentarse.

Como los dueños tienen su propia bodega, pedimos el vino de la bodega de la casa. Un Malbec 2010 de Luján de Cuyo que fue perfecto con las variantes de chivito que comimos. Para arrancar, por un lado, yo comí un chivito guisado con verduras, acompañado de papas noisette. Particularmente, el chivito me encantó, estaba muy tierno y sabroso, algo pesado (no sé si por la cantidad o por el guisado) pero muy bueno. El otro plato que pedimos fue el chivito a la parrilla, simple y tradicional. Algo complicado de comer por la cantidad de huesos (sin tentarse a agarrarlo con la mano y simplificar el trámite...). Los platos son hiper abundantes, para compartir (cosa que no sabíamos hasta que llegaron), así que, como en todo bodegón, ir preparados para comer muucho o compartir y gastar poco.







Después de la cena intentamos pasar por una heladería, pero, la verdad es que fue imposible. Comimos tanto que no pudimos. 
Al día siguiente teníamos un casamiento, que, ya con algo adelantado por la novia, sabíamos que en la comida iba a tener algo especial. Además de la buena onda de todos los invitados y lo bien armado que estuvo todo, este blog es de cocina, así que a eso vamos... El chef a cargo de todo fue Nicolás Bedorrou, el chef estrella de Mendoza, a cargo de Los Olivos Catering, del Restaurante Divina Marga en Maipú (entre otros) y de varios programas de televisión. El menú no paró de sorprendernos desde el momento que pisamos el lugar hasta que nos fuimos. 
Secretamente me pasaron la lista de toda la comida, pero es largo para poner todo acá. Voy a hacer una síntesis de éste, que, para mí, fue el casamiento con la mejor comida que fui en mi vida. Lejos de lo tradicional, sin aires de sofisticación, original, variado, abundante, en fin, riquísimo.

La recepción era -entre canapé y canapé- una mesa con fiambres (el detalle: las tablas eran pedazos de barriles de vino), shots de guacamole con langostinos apanados en coco, pinchos de queso, tomate seco y rúcula, gravlax de trucha, shots de mejillones y tomates a la provenzal, y muchas otras exquisiteses. Arrancamos muuuy bien, pero faltaba lo mejor. Después de los fríos, y mientras esperábamos a los novios, se bandejearon distintas opciones de canapés calientes, muchos de ellos muy originales, especialmente, para un casamiento. Me encantó. Así, pasaron empanaditas de carne, de cerdo y ciruelas; cazuelas de calamares, unas mini quesadillas, croquetas de cordero, ravioles de muzzarella y chorizo, y rabas al disco, etc etc etc. 
De más está decir que a esta altura, ya no podíamos comer más. Sin embargo, nos sacrificamos por la causa... A todo esto le siguió la posibilidad de elegir de las parrillas, planchas y discos de arado montados en el parque algunas de las opciones ofrecidas. De la parrilla: sandwichs de vacío con rúcula en pan árabe (excelente), choripancitos con tomatitos cherry y berro y pinchos de hongos con cebolla y zucchini para los veggies. De las ollas de hierro y barro: humitas en dip con aceite de albahaca y tostadas de oliva, tomaticán (guiso de la región de cuyo a base de tomate con pan y huevo), y un revuelto de huevos con salmón ahumado y arvejas. Del disco de arado: ragout de cordero con crema y papines andinos (este es el que yo elegí y estaba delicioso) y pollo al malbec con verduras al disco. Y, finalmente, de la plancha, un salteado agridulce de cerdo y verduras estilo thai (que también comí y estaba buenísimo).

De postre, se bandejearon porciones de chocotorta con Baileys; mousse de chocolate con frutas, oreos, crema helada y maracuyá; panqueques de dulce de leche y helado; y mousse de maracuyá con frutos rojos.
Sabía que la comida había sido algo a lo que le habían prestado mucha atención al organizar la fiesta, pero esto, me pareció un exceso. La comida era EXCELENTE, algo que, si hiciera mi fiesta mañana, repetiría sin ningún tipo de vergüenza. Además de la cantidad, que es lo de menos, lo que más me gustó fue la variedad de opciones, y, sobre todo, la originalidad de todo: desde la manera en que estaba presentado cada paso, hasta los ingredientes, las opciones, las combinaciones, las porciones, TODO. Creo que cualquiera que quiera hacer una fiesta puede gastar exactamente lo mismo haciendo una cosa así, original y riquísima, que los platos tradicionales de lomo con champignones que comemos en cada casamiento, ya sea en el lugar más lujoso o en el más simple.

martes, 4 de junio de 2013

Comer en San Franciso: la vuelta al mundo en una semana

San Francisco es una ciudad distinta. Y por eso me encanta. Eso uno de esos lugares en los que si a uno lo dejan en una esquina y tiene que identificar por las caras dónde está, sería imposible saberlo. Seguro que arriesgando rápidamente lo primero que saldría es Asia, o India, o Paris, todo depende de la esquina. Conocida por ser la ciudad más progresista de Estados Unidos, San Francisco tiene de todo para todos los gustos, y eso, por supuesto, también se ve reflejado en su gastronomía.


Mercado de Haight & Ashbury
Podría escribir muchísimo sobre los atractivos de esta ciudad, que, salvo por su clima húmedo, fresco, ventoso y bastante cambiante, podría considerarse uno de los mejores lugares para vivir en Estados Unidos. San Francisco sirvió de refugio a los movimientos de contracultura de la década de los 60 y 70, concentrando en la mítica intersección de Haight & Ashbury a los hippies de todo el país que impulsaron una nueva forma de liberarse de las restricciones impuestas por la sociedad y la búsqueda de nuevos significados sobre la vida. A pesar de que con los años muchos de ellos terminaron trabajando en Silicon Valley, todavía se puede ver algunos grupos reunidos en el Golden Gate Park tocando percusión y fumando marihuana. El barrio ofrece muchísimos locales de ropa y artículos de lo más bizarros. Desde inmensos galpones que venden ropa usada de todos los tiempos a coffee shops donde comprar lo inimaginable para el uso y abuso de drogas. Un lugar que hay que visitar si se pasa alguna vez por la ciudad.


Rainbow Sushi
El movimiento hippie fue el protagonista del Summer of Love de 1967 que sirvió también para el surgimiento de otro de los movimientos más importantes de la ciudad. Así, entre mediados de los 60 y principios de los 70, surge, a unas pocas cuadras de ahí, el Castro Disctrict, barrio que concentró a la comunidad gay de San Francisco y muchas otras ciudades de los alrededores de Estados Unidos. Su principal figura fue Harvey Milk (vean la película), quien abrió un local en el barrio que hoy aloja al Human Rights Campaign, la mayor organización de lucha por la igualdad de derechos civiles de lesbianas, gays, bisexuales y transexuales de Estados Unidos.


En Castro hay de todo, bares, restaurantes, y, tal vez la principal atracción para muchos, varios sex shops. Este es un blog de cocina así que los detalles no vienen al caso. Castro es otra de las visitas obligadas de la ciudad.Volviendo a la comida, la variedad cultural de San Francisco hace que uno pueda experimentar la cocina de distintos lugares del mundo moviéndose unas pocas cuadras de un lado a otro. Así, uno puede desayunar un típico American breakfast, almorzar en un restaurante pakistaní y cenar en uno tailandés sin tener que moverse más que unos metros. Con esto en mente, planee mi viaje pensando cada una de las comidas que iba a hacer, y esto fue lo que salió...


Día 1: Después del recorrido por Chinatown, caminé hasta el Fisherman Warf. En este "puerto" renovado, se pueden encontrar muchos restaurantes, la mayoría de ellos, como es de esperar, ofreciendo distintas variedades de pescado. Sin dudas, la estrella del lugar es el cangrejo. Y como lo que más me gusta cuando viajo es ir a donde van los locales, fui directo a los carritos.

Muchos de los restaurantes tienen instalados sus carritos en la vereda donde se puede comer "de parado" muchos platos simples con pescados. Se puede elegir entre comer cangrejo fresco, cocido en el momento en ollas gigantes de vapor y apenas condimentados; camarones, langostinos, calamares y, lo mejor, clam chowder in a bread bowl. El clam chowder es una sopa cremosa a base de cangrejo, hecha con papa, arvejas, choclo y unas cuantas cosas más. Es muy calórica, y sabrosa. En su versión in a bread bowl, viene servida en un pan redondo ahuecado que, obviamente, lo mejor que tiene es que después se puede ir comiendo impregnado de la crema de la sopa. Simple y exquisito. Como pensé que podía quedarme con hambre, lo acompañé de unos camarones fritos con salsita picante, un manjar.



Clam chowder in a bread bowl


Una mención aparte merece Boudin. En el Fisherman Warf, entre varias cadenas y restaurantes está esta panadería gigante, donde los panes van y vienen de un lugar a otro y hasta vuelan en carritos que circulan por rieles alrededor del local. El olorcito a pan caliente te obliga a entrar si pasas por la puerta. Es enorme, y se pueden encontrar muchísimas variedades de panes y dulces y hasta un Museo del pan (con visita guiada incluida). La especialidad de la casa es, justamente, el pan con clam chowder. No lo probé (ya estaba más que satisfecha) pero sí recorrí el lugar, donde, además, se pueden comprar utensillos cocina, libros, delantales, especias, y muchas cosas más para la cocina.


Día 2: Almorcé en un restaurante indio-pakistaní.

Un "bolichón" simple, de esos donde es imposible salir sin olor a comida impregnado. Comí un biryani de cordero bastante bueno, claramente, no de los mejores que he comido pero extremadamente abundante.

Ya no recuerdo si fue el día dos, tres o cuatro, la cena (una de las varias en el mismo lugar) fue en un restaurante tailandés. La verdad es que nunca había probado verdadera comida thai, y me encantó. Es uno de los grandes descubrimientos de este año, y creo que va a ocupar gran parte de mi tiempo tratar de imitarla en estos días.
Comí en iThai varias veces. La primera vez probé un curry rojo de pato. Una exquisitez. Pato cocido en leche de coco con curry rojo, ananá y tomates cherry acompañado con arroz de jazmín. Hacía mucho tiempo que no comía algo tan rico. La leche de coco hace la salsa super cremosa y se mezcla con el picante del curry y las especias, increible.
 Otro de los platos que comí fue el curry de zapallo y langostinos, difícil de explicar lo rico que estaba. El zapallo cocido en la leche de coco con los langostinos súper tiernos y de un tamaño sorprendente. Riquísimo. Porque no puedo con mi genio, también probé el curry verde de un plato ajeno. Muy rico. Ah! todo acompañado de una cerveza tailandesa, muy suave y fácil de tomar, ideal para acompañar el picante.

Curry rojo de zapallo y langostinos

Curry verde de langostinos




Día 3: De paseo por la ciudad me cruce con Off the grid, una feria itinerante de carritos de comida que se va moviendo a distintas plazas de la ciudad todos los días con distintas ofertas. No comí acá porque no tenía hambre, pero sí saqué varias fotos. Se los puede seguir en facebook, donde van diciendo dónde van a estar cada día. Una muy buena opción de paseo por San Francisco, no sólo por el precio sino también porque tienen distintos tipos de comida para probar.


Después de caminar por el mercado de Haight and Ashbury, decidí almorzar en un restaurante japonés cerca de mi hotel. Acá fui guiada por una amiga, así que no recuerdo cómo se llama ni qué comí, pero sí recuerdo un salmón grillado con una salsa agridulce a base de salsa de soja que estaba muy bueno. Otra opción de comida japonesa, otro de los lugares recomendados por los locales, es Katana-Ya. Un lugar muy chiquito, con unas ocho mesas, donde se puede comer todo tipo de comida japonesa y un sushi espectacular por una módica suma.




Día 4: (ya perdí la cuenta de almuerzos y cenas) No recuerdo qué almorcé pero claramente no puedo olvidarme de la cena en el restaurante coreano Dong Baek (sobre todo por lo cargosa que estuve para convencer a todos de ir ahí). Las fotos hablan por sí solas. Comimos de todo. Yo me pedí mi plato preferido: Bi bim bap. Al sentarnos nos trajeron infinidad de platitos con distintas cosas para probar, vegetales condimentados principalmente, todos buenísimos (esto es una de las cosas que más me gustan de los restaurantes coreanos). Después me pedí mi plato preferido: Bi bim bap, un plato a base de arroz con vegetales, huevo y salsa picante que se sirve en una cazuela de hierro fundido super caliente que hace que el arroz se pegue en el fondo y quede crocantito. Es buenísimo, sobre todo para salir de la Korean Barbeque, que para mi no tiene nada muy distinto de lo que ya estamos acostumbrados a comer nosotros. También compartí un plato de pulpo medio picante que estaba buenísimo.
El lugar parece muy tradicional, atendido por señoras hiper amables que te hacen sentir como si te estuvieran recibiendo en el living de su casa. La comida es excelente y muy abundante.



Después de recorrer San Francisco de punta a punta (y de arriba abajo), no quedan dudas que hay que ir preparado para probar de todo. En cada cuadra hay cinco colectividades distintas ofreciendo platos típicos de su país o región. Seguramente algo me quedó pendiente, y por ese algo vale la pena volver algún otro día. Es una ciudad hermosa, culturalmente atractiva y gastronómicamente envidiable.

Pueden ver más fotos acá









 




miércoles, 1 de mayo de 2013

Lo más cerca de China en occidente


Cuanto más diverso y multicultural es un lugar, más interesante y rico. Esa es, tal vez, la mejor característica de San Francisco. Las diversas comunidades asiáticas coparon San Francisco desde mediados del siglo XIX cuando la fiebre del oro atrajo a inmigrantes de todo el mundo en busca de trabajo hasta la década del 50, cuando se prohibió el ingreso de inmigrantes chinos al país y a la ciudad. Hoy en día, cuenta con la comunidad china más grande del mundo fuera del territorio de la República Popular China, además de una gran presencia de inmigrantes vietnamitas, tailandeses y japoneses. Es mi segunda vez en la ciudad y el barrio chino no deja de parecerme una de las principales atracciones.




Los barrios chinos suelen enamorarme. 
El de San Francisco es el más grande del mundo y se nota. En algún otro momento tuve la suerte de estar para la celebración del Año nuevo chino y fue espectacular. Las calles se llenan de gente, se sirve comida en la vereda, hay desfiles con carrozas, disfraces y hasta el alcalde y personalidades de la ciudad. 




Grant St, la calle principal, está llena de negocios donde venden de todo, remeras, gatitos, accesorios para celulares, y, lo mejor, hay mercados por todos lados. Cada uno de ellos vende desde los pescados más extraños hasta sapos gigantes que la gente selecciona con mucho cuidado de un balde (de esos grandes de aceite). En mesas en la calle ofrecen las frutas tradicionales y las no tanto, a precios que son la envidia de cualquier argentino.



Esa vez también pude probar un verdadero (o lo más cercano a un verdadero) pato laqueado de Pekín, una de esas cosas que, de tener la oportunidad, recomiendo muchísimo probar. Grasoso, dulzón, tierno, y con esa capa hipercrocante que sólo permite que lo comamos con la mano, la mejor manera de disfrutarlo.



Esta vez llegué al Chinatown temprano a la mañana, muy relajada, en plan de disfrutar y sin la necesidad de correr para aprovechar el tiempo para recorrer todo. Así, un poco de casualidad y otro poco de curiosa, terminé haciendo una degustación de tés en Vital Tea Leaf, algo que nunca había hecho antes y que realmente recomiendo. La idea es algo así: uno entra, se sienta, y -completamente gratis- un experto en tés empieza a servir cualquier variedad que a uno se le ocurra y explica para qué sirve cada uno de ellos (hay miles de frascos por todos lados). Herman, el chico que nos servía, fue súper amable y se banco todas las preguntas (muchas de ellas bastante malas) de las mujeres que estaban al lado mío. 

Arrancamos con Jasmine white tea, que, según dicen, tiene propiedades antioxidantes. No soy muy amante del jazmín y tiene bastante aroma a la flor, así que no fue el que más me gustó de todos, igual, valió la pena probarlo. Después seguimos con el Angel Green Tea, un té verde desintoxicante y digestivo un poco amargo pero bueno. El Ginseng, uno de los tés chinos más conocidos, y muy bueno como energizante. De ahí pasamos a los que, particularmente, más me gustaron: el Lychee Black Tea y el Chai

El primero, como el nombre lo indica, es un té negro, de los que nos resultan más familiares en occidente (seguramente por eso me gustó más), perfumado con Lychee, una fruta tropical muy común en Asia. Tiene un sabor dulzón muy agradable y, a los que no les gusta tomar el té amargo, se puede tomar muy bien sin azúcar por el dulce natural que ya tiene.

El Chai, mucho más tradicional o conocido para nosotros, es un té negro muy especiado, con canela, clavo de olor y nuez moscada, entre otras especias de la India. Es típico de la India pero hoy ya se puede encontrar en la mayoría de los países occidentales, sobre todo gracias (sic) al comercio de Gran Bretaña con su entonces colonia. 

El último que probé (ya me estaba empezando a dar hambre) fue el Monkey Pick Tea. Esta variedad viene con historia: cuentan que hacia mediados del siglo XVIII se descubrió esta variedad y que los monjes entrenaban monos para recoger las hojas de árboles salvajes ubicados en las montañas de Wuyi en la provincia de Fujian, en China. Este "té recogido por monos" (monkey picked tea) fue presentado al emperador y, durante mucho tiempo, sólo él y la corte imperial podían disfrutarlo. Con el correr del tiempo se fue volviendo más accesible y se volvió una fuente de inspiración para poetas, artistas, filósofos y académicos. Como té, muy rico, algo distinto de lo que estamos acostumbrados.
Como era de esperar, no pude irme de este lugar sin un "recuerdito". Como fueron los que más me gustaron de la degustación, compré el Lychee Black Tea, el Chai, y una variedad que no había probado en la degustación pero que sí probé antes de comprar: té de chocolate. Me pareció una cosa bastante fuera de lo común (perdón mi ignorancia sobre tés) que valía la pena probar. Y la verdad es que es muy rico. Tiene un gusto fuerte a cacao y es bastante amargo.

Había salido temprano con toda la intención de ir a comer comida vietnamita, así que cuando me cansé de tanto té salí en la búsqueda de algún buen lugar donde comer platos típicos de este país. 
Así llegué a The Golden Flower, uno de los mejores vietnamitas de la ciudad. Ubicado en medio del barrio chino, sobre Jackson St, este lugar me llamó la atención por la cantidad de menciones en diarios locales (pegados en la vidriera del lugar). "Si los locales lo eligen, tiene que ser uno de los mejores". Así que no lo dudé. 
Sabía muy bien lo que quería comer desde antes de entrar. Cansada de ver -y envidiar- a Anthony Bourdain comiendo en Asia, lo más cerca que puedo llegar de Asia por el momento es a comer algo de comida típica en un buen barrio chino de Estados Unidos, así que fui preparada. El lugar es chiquito, con unas diez mesas, atendido por una familia de inmigrantes vietnamitas. No tiene nada de lujoso ni de moderno, es más bien modesto, sencillo. 

Me senté y después de preguntar recomendaciones a un mozo que no me entendió una palabra de lo que decía, terminé pidiendo lo que quería: Pho (algo así como Fó). El Pho es una sopa tradicional vietnamita a base de caldo hecho con anís estrellado, canela, jengibre, ajo y salsa de pescado. A eso se agregan fetas muy finitas de carne de res (puede ser pollo también) y fideos de arroz. Se acompaña por brotes de soja y hojas de spearmint (una suerte de menta oriental) y albahaca asiática, que se vuelcan en la sopa una vez servida. No acostumbro a tomar sopa cuando como afuera (tampoco lo hago mucho en casa) pero ya hace un tiempo descubrí que las sopas asiáticas (como la sopa de wan tan china) no tienen nada que ver con la sopa aburrida de fideitos que no quería comer Mafalda.
El Pho es algo para hacer y probar mil veces. El sabor del caldo, con todas sus especias, el gustito de la carne y los fideos la hacen una sopa extremadamente sabrosa y, además, llenadora. Después del Pho probé algo así como una barbacoa vietnamita, estimo que una fusión occidentalizada que, a pesar de que no estaba mal, no era nada para sorprenderse. 
Cuando salí del Barrio Chino seguí recorriendo el centro de la ciudad hacia el norte, pasando por North Beach, el "Little Italy" de San Francisco, donde, especialmente sobre la Columbus Av están todos los bares y restaurantes italianos.
 Por razones obvias, no es lo que más me atrae para ir a comer, pero también hice una parada. Más allá de que comer pizza no es nada nuevo, los lugares son MUY lindos y para nada caros. Nobleza obliga, es el único barrio italiano de Estados Unidos donde comí buenos ñoquis (al menos existían en la carta!).
Del barrio italiano pasé al barrio japonés, que en los últimos años fue perdiendo el esplendor que solía tener, pero que sigue siendo muy pintoresco. La zona está llena de restaurantes japoneses (que, de todos modos, están por toda la ciudad) y de muchos restaurantes coreanos. Estos dos lugares quedarán para el próximo post. El Chinatown de San Francisco es una experiencia en sí misma y por eso se merecía este post especial.

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